Opinión
Algo así como una columna

Julieta Macías Rábago

Julieta Macías Rábago

Inmediatamente después del sismo del pasado 19 de septiembre tuvimos la inmensa dicha de observar cómo la gente de todas las edades, profesiones y estratos sociales, particularmente los catalogados como “apáticos” jóvenes, colaboraron en las labores de rescate, remoción de escombros, acopio y distribución de víveres en apoyo a la población afectada. El mismo día del sismo nos percatamos de que la gente en sus autos ofrecía “aventón” a los peatones, los vecinos ayudaban a buscar a quienes no aparecían, incluso hubo quien ofreció su casa como refugio y otros tantos se pusieron a preparar comida para los voluntarios rescatistas. Los días siguientes continuamos viendo un sinnúmero de buenas acciones llevadas a cabo por doctores, albañiles, ingenieros, enfermeras, profesores, oficinistas, mamás y papás, estilistas, diseñadores, estudiantes, cocineras, asesores, gente común como tú y yo que sintió el dolor y la desgracia ajena como propios y puso su fuerza física, sus medios, sus conocimientos o su simple disposición para apoyar al otro. La bendita otredad.

Vimos que la parte buena del temblor –porque aunque fue de consecuencias catastróficas, no podemos negar que toda desgracia tiene su lado bueno- fue la participación de una gran mayoría de mexicanos en solidaridad con el de junto, o el de más lejos.

Sí, claro, también nos dimos cuenta de que hubo quien aprovechó la oportunidad para hacer maldades: asaltar las unidades que llevaban acopios, robarse las tarjetas de los damnificados, hasta gobernantes escondiendo las aportaciones recibidas para luego lucrar con ellas. Afortunadamente fueron los menos, e incluso en algunos casos se logró evidenciarlos y detenerlos.

Es precisamente a toda esta participación a la que me quiero referir, a ambos lados de ella. Uno es el sensible, pues fue verdaderamente motivante ver a tanta gente en esas acciones solidarias, porque aun con toda esa tristeza colectiva ante la desgracia y la pérdida, estas buenas acciones nos inspiraron para ser más amables y considerados con los demás. Por el otro lado, pudimos constatar que unidos somos fuertes e inquebrantables, y que no debemos dejar a un lado esa actitud de empatía, de participación por el bien común.

Involucrarnos en la toma de decisiones que afectan a nuestra calle, nuestra colonia, nuestra ciudad; con el gobierno local, estatal y del país. Si no existen en nuestros gobiernos o en nuestro congreso figuras como el presupuesto participativo para poder opinar sobre el uso del dinero público en obras prioritarias; la revocación de mandato para ratificar o quitar a aquél servidor público que no dé resultados; un observatorio ciudadano que vigile el desempeño de gobernantes o proponga leyes para beneficio público, pues vamos a exigirlas, a fomentarlas o a apoyar a quien las proponga. Se vale cuestionar al alcalde, al diputado a quien le dimos con acción u omisión nuestro voto para ocupar el cargo; se vale exigirle que cumpla con la gran responsabilidad de servir a la población de su distrito o su estado; incluso se vale pedir cuentas al presidente mediante cualquier tipo de mecanismo, como la iniciativa de los Diputados Ciudadanos de #QuieroSaberEPN, o con pequeñas acciones cotidianas que faciliten nuestra convivencia en las calles. Maneras hay muchas.

Y más que nada, no olvidarnos de que siempre podremos ser una sociedad participativa y organizada, unida y solidaria, constructora del bien común. Algo así como una columna.