México desafío y oportunidad

Guillermo Rocha Lira

Guillermo Rocha Lira
@MemoRochaL

El sentimiento nacionalista mexicano se fortalece en el contexto de una ola reaccionaria mundial de crisis del neoliberalismo y los valores globalizadores

Cuando estudié Relaciones Internacionales nunca imaginé un escenario en el que México viviría su propia Guerra Fría con EUA. Siempre pensé que nuestro vecino del norte nos consideraría como su hermano menor o su principal área de influencia por no decir “patio trasero”. Lo que antes parecía imposible, ahora parece una realidad frente a las amenazas que ha hecho Trump desde que era candidato presidencial y ahora como mandatario, a partir de los decretos emitidos en su primer mes de gobierno. En sus cuatro días iniciales como presidente, firmó un acuerdo ejecutivo para construir el muro, canceló una reunión con el presidente Enrique Peña Nieto y amenazó con aplicar un impuesto del 20% a la importación de productos mexicanos.

Trump seleccionó a los migrantes como su enemigo objetivo. Aunque el magnate se asume defensor de la identidad y la seguridad estadounidense, esto en realidad representa una continuidad en la política exterior del vecino país para hacer frente a “un enemigo común”, representado en el pasado por el fascismo, el comunismo, el yihadismo y ahora los migrantes, calificados como los “hombres malos” por el “sheriff del mundo”. Desde que comenzó el proceso electoral en EUA, quedó en evidencia que nuestro gobierno actual no estaba preparado para enfrentar tal desafío.

La amenaza externa ha generado en la sociedad mexicana un despertar nacionalista, fenómeno que bien merecería un análisis para la psicología social. Este despertar surge y se consolida frente a las declaraciones y tweets intimidatorios de Trump que provocan un sentimiento de “unidad” y orgullo patriótico frente a un escenario adverso suigéneris, que proviene del exterior. Es necesario aclarar que este sentimiento nacionalista mexicano se fortalece en el contexto de una ola reaccionaria mundial de crisis del neoliberalismo y los valores globalizadores, que llevan a la sociedad de otras regiones del mundo a impulsar ideologías y políticas nacionalistas que causan división y en casos extremos exhiben intolerancia racial, étnica, religiosa y xenofobia. Así como parte de la sociedad estadounidense votó a favor de Trump y la ideología e intereses que representa, de la misma forma la sociedad mexicana reacciona ante las amenazas del exterior. Este creciente nacionalismo mexicano tiene expresiones diversas; incluso poderes fácticos como la Iglesia, asumen un posicionamiento presumiblemente patriótico, exigiendo al gobierno una postura firme frente a las declaraciones y acciones del magnate presidente.
Desde el gobierno federal se ha pretendido  aprovechar esta ola nacionalista con una estrategia mediática que no es sino una expresión de oportunismo y falso espíritu patriota frente a la coyuntura internacional. Esta campaña, sostenida por parte de la élite empresarial y medios de comunicación, comenzó desde la intención de motivar a que usuarios en redes sociales utilizaran los colores patrios (hecho que beneficia al PRI), hasta la movilización de personas organizadas por el aparato gubernamental, como sucedió en la “Marcha de la Unidad contra Donald Trump”.
Sin embargo, no es creíble que el PRI asuma ahora posturas patrióticas porque su falso discurso nacionalista no se sostiene con acciones coherentes. Por más que se busque desde el poder inflar una campaña mediática que resucite al PRI, el Ejecutivo Federal sólo emprende acciones equivocadas: más que defender la soberanía del país, se toman decisiones que son comparsas del proyecto Trump. La visita que hizo a México durante su campaña electoral lo empoderó y demostró la debilidad de nuestras autoridades. El nombramiento de Luis Vidigaray como Secretario de Relaciones Exteriores es una muestra más de la incoherencia del gobierno y su limitada capacidad de negociación y acción.

El PAN tampoco puede levantar la bandera del patriotismo. En alianza con el PRI, aprobó reformas estructurales que laceran la economía de las familias mexicanas, como las reformas hacendaria y financiera, y otras como la energética que pusieron en venta a nuestra principal industria. La coyuntura internacional y las amenazas de Trump, así como la ola nacionalista emergente en nuestro país, constituyen el “escenario perfecto” para que las fuerzas progresistas, que surgen desde la ciudadanía, aprovechen política y electoralmente esta inmejorable oportunidad nacional. La fuerza de los ciudadanos y de los movimientos sociales y progresistas debe capitalizar positivamente este escenario, ya que de lo contrario la enjundia nacionalista podría beneficiar a grupos de derecha y ultra derecha, como sucedió en Gran Bretaña, Austria, Bulgaria y ahora Francia.

Estoy convencido de que la oposición real frente a Trump surgirá desde la sociedad organizada. Más allá de su gobierno empequeñecido, la sociedad (empresarios, ONGs y ciudadanía) tiene capacidad para hacer frente a este desafío y revertir la amenaza externa. Debemos empezar a imaginar y convencernos de que México, desde la ciudadanía, tendrá la fortaleza para hacer frente a este desafío y encabezar la resistencia internacional frente a las políticas de Trump. Muchos países han mostrado su solidaridad con el nuestro frente a este reto: Canadá, Alemania y España mostraron su apoyo al pueblo de México; otros países como China y Turquía propusieron realizar nuevos acuerdos comerciales con nuestro país. En América Latina los presidentes de Bolivia, Venezuela, Perú y Guatemala rechazaron la política de intimidación de Washington contra México y cualquier país latinoamericano. Esto también representa una oportunidad en materia de política exterior que puede posicionar a México como una nación digna y coherente, que resiste el acoso permanente del gigante capitalista, dirigido ahora por el “bulleador” Donald Trump.

Analistas como Lorenzo Meyer consideran que este despertar nacionalista podría ser el inicio de la “Segunda Independencia de México”. En su libro Distopía mexicana, el historiador sugiere que la coyuntura internacional, en conjunción con la creciente descomposición y agotamiento del sistema político mexicano, podría provocar un cambio radical impulsado desde la ciudadanía. En entrevista, Meyer también afirma que nuestro país enfrenta su “MEXIT” en el que se prevé una salida del bloque de América del Norte no por decisión propia, sino por la política de Trump, lo que llevaría a México a definir su identidad. El historiador afirma: “en realidad, el muro es una posibilidad de cambiar el rumbo, de que México no siga eligiendo la geografía, pero sí su historia, su sentir”. Esto sin duda resulta de la mayor relevancia ya que el escenario actual podría constituir un punto de inflexión en nuestra historia que conduzca a la redefinición de la “mexicanidad” y de nuestras relaciones multilaterales con Europa, Asia y especialmente con Sudamérica.

Otros analistas, como Ignacio Fidanza en su columna “México puede ser el Vietnam de Trump” advierten que la mala visión del magnate presidente sobre el problema migratorio podría hundir su mandato en el pantano de un enfrentamiento interminable. La promesa de campaña de construir un muro es una propuesta mentirosa, porque el muro ya existe en parte de la frontera, y además simplista, porque es ilógico pensar que la construcción de una valla resolverá o disminuirá la migración latina hacia Estados Unidos. De hecho, Trump le da sentido a la lucha de organizaciones y movimientos migrantes que existen en Estados Unidos y que también han “despertado” frente a los decretos presidenciales de los últimos días. La sinergia de estos movimientos sociales, así como el nacionalismo incipiente de la sociedad mexicana y méxico-norteamericana serán decisivos en la “Guerra Fría de América del Norte” o “MEXIT”.

La caída de Trump llegará. En un mes demostró que su forma de gobierno consiste en continuar con sus discursos de campaña. Su inexperiencia política lo lleva a realizar una serie de acciones sin considerar el equilibrio de poderes que existe en Estados Unidos. Su corta o mínima visión de gobierno lo impulsa a desarrollar estrategias simplistas frente a problemas globales complejos como la migración, la dependencia económica, la seguridad mundial, la transferencia de tecnología, etcétera. Las declaraciones del “sheriff mitómano-megalómano” caen en serias contradicciones que deben ser aclaradas por el vicepresidente, el vocero o su propio gabinete. La renuncia de su asesor de seguridad Michael Flynn, por su vínculo con el gobierno ruso, es muestra de la inestabilidad de su gabinete y su gobierno.

Aunque muchos quieran comparar equivocadamente a Trump con otros gobernantes como Hitler, el presidente mediático tiene dos grandes limitantes que no existían en la Alemania nazi. Los principales “muros” que tiene Trump son los de una sociedad organizada y el institucionalismo estadounidense. La resistencia civil constituye el principal adversario del trumpismo en el que la movilización y la protesta ciudadana demuestran que la sociedad estadounidense puede estar polarizada, pero no desinformada y dormida. Las marchas de las mujeres en muchas ciudades de Estados Unidos superaron a los invitados a la ceremonia inaugural del magnate presidente. En otros países del mundo también se realizaron manifestaciones en contra de las políticas racistas de su gobierno. Con su discurso, Trump despierta lentamente a una sociedad hundida en la apatía y el abstencionismo electoral. Por otra parte, el marco jurídico y las instituciones representan un segundo gran muro que Trump minimiza o quizás desconoce. La división y el equilibrio de poderes, así como el sistema federal que prevalece desde los Padres Fundadores, son un límite a los decretos presidenciales.
La ideología trumpista, racista y antimigrante, no parte de una posición de fuerza sino de una debilidad. Hace más de medio siglo crece una nación en la frontera de México y Estados Unidos impulsada por un intenso tráfico comercial y una relación bicultural de valores y tradiciones que se consolidará en las próximas décadas con o sin muro y deportaciones masivas. Think tanks (laboratorios de ideas) como Samuel Huntington consideran que la cultura anglosajona y protestante fue uno de los principales factores que explican la prosperidad de Estados Unidos como nación, y que ahora es erosionada por la presencia latina.
El crecimiento de la población latina en Estados Unidos es irreversible. Según datos del Pew Research Center, en Estados Unidos viven 55 millones de latinos que representan el 17% de la población total, de los cuales el 63% son mexicanos y 25.4 millones son electores. Esta población se concentra en estados como California, Texas, Florida, Nueva York e Illinois. Tan sólo en Nuevo México, el 47% de la población es de origen hispano.
Geopolíticos como Alfredo Jalife advirtieron desde hace décadas de la posible implosión de ambos países y el fortalecimiento de la “Nación méxico-americana”. El mismo Jalife cita a académicos como Charles Truxillo, quien afirma que América del Norte se convertirá en un hogar predominantemente hispánico: la “República del Norte” integrada informalmente por los estados de California, Arizona, Nuevo México, Texas y el sur de Colorado, en Estados Unidos; así como los estados de Baja California, Sonora, Chihuahua, Nuevo Léon y Tamaulipas, en México. Según Truxillo este proceso se consolida por la presión social y electoral de la futura mayoría de población hispana de una comunidad méxico-americana con valores propios y una comunidad migrante mexicana que llega a un territorio que antes fue su hogar.
Incluso los movimientos independentistas en las Californias (estadounidense y mexicana) hacen pensar en la “balcanización” de ambas naciones y la conformación de un orden geopolítico regional en el que la demografía se imponga a la geografía.
Autores como Robert Kaplan comparan la crisis de la frontera sudoccidental con la declinación del  imperio romano, que en su afán civilizatorio fue “devorado” por pueblos considerados “inferiores”.
En la edición de diciembre de El Ciudadano afirmé que la victoria de Trump y su discurso proteccionista y xenófobo representaban el fin de una era globalizadora que tiene en el magnate presidente al máximo representante de la degeneración política global. Si el Trumpismo supremacista no es capaz de entender esta realidad más allá de sus tweets y sus decretos, puede correr la misma suerte que otros imperios de la antigüedad. Las acciones racistas y excluyentes de Trump sólo provocarán que la “Nación méxico-americana” se fortalezca.