Desilusión y fragmentación del voto, fenómeno mundial

Andrés Treviño

Andrés Treviño

Para poner en contexto: ¿cuál es la lógica y la función de los partidos políticos dentro de una sociedad democrática? 

Hay básicamente dos funciones. Una es la de representar porciones de la sociedad a partir de propuestas ideológicas de gobierno y políticas, y convencer a los ciudadanos de que son la mejor opción para llevarlas a cabo.  Esta representación política es la que le permite a los ciudadanos tener acceso a los puestos de elección popular y de gobierno.

La segunda función de los partidos, que deriva y está claramente comprometida con la primera, es ser los que construyen operativamente la democracia. No existe ninguna forma de democracia en el mundo que no sea a través de partidos políticos.

Una tarea adicional complementaria de esta segunda es que son los que forman a los políticos; supuestamente son los que preparan a quienes pueden desempeñar las funciones políticas.

Si uno combina estas cosas: oferta política, programática, ideológica, y el ofrecimiento de políticos preparados, se supone que entonces la sociedad puede elegir a los mejores, o a los que prefiera, para desempeñar los cargos de elección.

Actualmente se abre una brecha cada vez mayor entre partidos y ciudadanía, y parece ser un fenómeno mundial que hemos visto en países como Grecia y España, y también en México donde además tenemos la novedad de los candidatos independientes. ¿Qué factores comunes puede haber? 

Son varios. El primero es el hecho de que hay un fuerte descontento y desilusión, no solamente con los partidos, sino con los políticos, y esto es algo que vale la pena distinguir. A veces el ciudadano identifica a los políticos con sus partidos y no diferencia con claridad si el problema es el partido como tal, más allá de chismes o escándalos que se presentan en la vida cotidiana.

En países donde los partidos han perdido credibilidad, la sociedad, lamentablemente, no tiene muchos recursos para enfrentarlos. La única manera de oponerse es el voto, lo castigo no votando por él. Ahí la pregunta es, ¿por quién voto? Y es cuando se abre una gran variedad.

En el caso de México, lo que tenemos ahora son candidaturas supuestamente independientes y partidos cada vez más pequeños, que se presentan como los que pueden no ser iguales que los otros, pero sí ser una alternativa. Incluso está el caso de un partido que consiguió el registro en esta elección, que su discurso fue no ofrecer nada en términos de gobierno y política, sino decir que no eran políticos. Este discurso, en términos de operación de la democracia, muy poco dice, porque si no son políticos, lo que postula es gente que no tiene conocimiento de la política y que, sin embargo, ganó. Es decir, la desilusión de los ciudadanos no siempre se traduce en una alternativa consistente.

También parece que se ha desdibujado el programa de los partidos en términos reales, como que todos se han ido hacia el centro, hacia un mismo modelo económico y social de libre mercado, y los matices se han hecho muy tenues entre la derecha y la izquierda. 

Sí, ya desde el final de la Segunda Guerra Mundial aparecía una tendencia a esto, desde los años 40 y 50 se empezaba a hablar de los partidos “atrapa-todo”, como se dice en inglés (catch-all party). Antes la lógica era la bipolaridad: o se era capitalista, o se era comunista; pero se empezó a desdibujar por la enorme presencia del Estado reconstruyendo Europa y convirtiéndose en lo que se conoce como el “Estado de bienestar”, es decir, responsable de los programas sociales y del mejoramiento de la sociedad, y esto hizo que se fuera creando una enorme clase media muy temerosa de cambios radicales, que tiende a la estabilidad y a la certidumbre social y económica.

Este es el sector de la población que más vota. Un partido que haga un discurso centrado en un sólo sector, en el mejor de los casos va a tener solamente el voto de ese sector, mientras que si se hace una oferta amplia, se va a tener oportunidad de captar más público en la clase media.

El problema es que en la medida en que se hace un discurso muy genérico, y si además todos hacen un discurso genérico, las posibilidades de distinguirlo son cada vez menores, se vuelve más importante la figura del candidato, o la coyuntura específica, para poder elegir entre ofertas que parecen ser la misma.

El ascenso de las ultraderechas en varios países, como el Frente Nacional en Francia, o en Estados Unidos el Tea-Party, ¿responde a la misma lógica de desgaste de los partidos dominantes o tradicionales? 

En parte sí, pero en los casos que acaba de mencionar son organizaciones que también están alimentadas por condicionantes históricas o sociales muy específicas, que tiene que ver con la migración y un principio racista de comportamiento.

El caso, por ejemplo, de (Jean-Marie) Le Pen (fundador del Frente Nacional) en Francia es prototípico. Es una organización que ha hecho del racismo en contra de los migrantes una opción para los ciudadanos, no como partido, sino como ofrecimiento para resolver la unidad nacional, o conservar el “alma de la nación” pura.

Las promesas vs la práctica política

Se menciona que las decisiones “pragmáticas” muchas veces se toman contraviniendo las declaraciones de principios de los partidos y que esto ha contribuido a que se alejen de la gente.

Sí, aunque son muy pocos los que conocen los documentos, incluidos los militantes. Donde están las diferencias es entre las propuestas de campaña y lo que en la práctica hacen los políticos. Lo que ha sido cada vez más evidente en México y también en Europa es la poca ética con la que los gobernantes se conducen.

El caso de México ha sido muy ejemplar. La alternancia se consiguió en buena medida diciendo que los partidos de oposición al PRI eran mejores, no tanto en el terreno social y político, sino en el terreno ético. Y lo que nos han demostrado los dos principales partidos de oposición es que son iguales y en ocasiones peores. Esto naturalmente desilusiona a la gente, que se pregunta para qué los eligió, dónde estuvo la ganancia.

No puedo dejar de lado el caso de Grecia, que está a nada de salir de la zona euro, y tiene que ver con la cuestión de las decisiones pragmáticas. Parece que el gobierno de Tsipras no está siendo pragmático y está optando por el camino ético, respetando lo que prometió en campaña y no aceptando las medidas de austeridad que le quiere imponer la Unión Europea (UE), lo cual puede desembocar en una auténtica tragedia griega. ¿Qué nos puede decir en este caso? 

Sin meterme mucho a la historia, el ingreso de Grecia a la UE siempre fue un error, porque la UE está basada sobre un modelo económico donde quien dicta las condicionantes de equilibrio es la economía más desarrollada de Europa, que es Alemania, y naturalmente es muy difícil que el resto mantenga el ritmo de crecimiento alemán.

Grecia, como otros países, España y Portugal entre ellos, tienen niveles de crecimiento económico muy bajos. Muy difícilmente pueden alcanzar el ritmo y las condicionantes de los países desarrollados y esto se ha roto por el eslabón más débil. Grecia está en una situación muy difícil donde sus deudas son mucho mayores que su capacidad de crecimiento.

Fue tal el desastre de los gobiernos anteriores que sí asumieron las condiciones de las agencias internacionales, que el voto de los ciudadanos griegos se dirigió hacia un candidato que ofreció romper con todo ello. El punto es que no está proponiendo un modelo de crecimiento alternativo. Lo que está ofreciendo, a los ojos de los economistas, es volver a un esquema de financiamiento que no va a ser sostenible. Estas son las decisiones pragmáticas en términos de la política. Si se quiere ganar las elecciones se tiene que ofrecer algo que sea muy convincente, el único problema es cómo hacerlo realidad. 

Grecia no es el único caso. Hace algunos años España fue la cabeza de un movimiento de ciudadanos instintivamente opuestos a las decisiones del gobierno, “los indignados”, que ocuparon las plazas públicas, criticaron al gobierno y a los políticos y, aunque no fueron lo suficientemente claros en la propuesta, estaba de fondo que los gobiernos no eran eficaces en la solución de los problemas.

El discurso de los indignados caló tan profundo que las votaciones castigaron al partido de izquierda que era en ese momento el que estaba en el poder, y le dieron todo a la derecha, que ha hecho cosas peores en términos de restricción. Es decir, el costo puede ser muy elevado en esas condiciones.

Lamentablemente no hay otro modelo económico, hay sólo uno y lo único que tenemos son variaciones de aplicación. Lo cierto es que el mercado libre está condicionado por las grandes potencias económicas, lo que tenemos el resto de países son variaciones para aplicarlo, y ahí sí, otra vez regresamos a los políticos, depende mucho de la habilidad y la preparación que tengan para encontrar esas variaciones que permitan el crecimiento sin pagar tantos costos sociales y económicos.

La política no se puede hacer con aficionados

Volviendo un poco a lo de los candidatos independientes, no le parece que algo que podría distinguirlos, a ellos y a los partidos emergentes, es que no tienen los compromisos políticos que les atan las manos a los partidos tradicionales. 

Desde luego ésta es una de sus características. Tanto independientes como partidos pequeños pueden separarse de la imagen y del comportamiento de los grandes. Esto no necesariamente es una ventaja, como le decía, pueden desarrollar un discurso que sea anti-partido, anti-político, pero sin ofrecer absolutamente nada a cambio y, lamentablemente, la política no se puede hacer con aficionados, tiene que hacerse con políticos especializados. 

En el caso de México, hay muchos partidos pequeños pero que no siempre tienen la vocación de convertirse en auténticos partidos que tomen el poder. Están muy bien ubicados en una zona en donde ser pequeños les da muchos beneficios y presencia electoral, pero no suficiente como para convertirse en una auténtica alternativa. Los partidos pequeños deberían ser oferta para llegar al poder y esa es la gran tarea que tienen por delante.

El que la sociedad abandone a los partidos políticos, no implica que los ciudadanos dejen de hacer política, sobre todo a través de Internet. Hay plataformas como Chage.org o Avaaz.org, entre otras, donde activistas independientes hacen campañas que logran recaudar cientos de miles de firmas en pocos días para presionar políticamente sobre alguna causa específica. 

Ese es un fenómeno social con mucho impacto actualmente y que puede sentar precedentes importantes. El problema es que, fuera de la presión circunstancial que puedan hacer, no hay una constancia que lleve al mantenimiento de la crítica o a la vigilancia para que las cosas sistemáticamente cambien, y esto, al final, deja libre que una vez que se cumplió un propósito, la plataforma se abandona al mejor postor.

Este tipo de medios de comunicación no tienen una conducción, no tienen un liderazgo y, por lo tanto, pueden moverse en cualquier dirección, dependiendo de las circunstancias. O bien, tarde o temprano, algunas protestas ciudadanas se convierten en organización.

El caso de España sigue siendo ejemplar. Muchos de los participantes de aquellos indignados se convirtieron en organizaciones políticas y hoy, por ejemplo, en las últimas elecciones intermedias se ha festinado que los ciudadanos están ahí. Yo guardaría mis reservas, ya no son ciudadanos, ya se construyeron en una organización, están participando políticamente y tienen una estructura organizativa, a final de cuentas se están convirtiendo en un partido político más.

Lo que quiero decir es que es inevitable la organización y la construcción de partidos. De otra manera solamente tenemos chispazos de comportamiento dependiendo de las circunstancias.

¿Es decir que no puede haber democracia sin partidos políticos? 

Hasta ahora y después de varios siglos de funcionamiento democrático no hay otra forma que no sean los partidos políticos. Por más que haya grupos sociales auténticamente independientes que hagan protestas, que se opongan y critiquen a los partidos y a los políticos, la única manera de que tengan auténtica injerencia es que se organicen. Y una vez que se organizan estamos hablando de partidos y su función es la de la política, inevitablemente.

Yo diría que la pretensión debería ser, no hacer algo alternativo a los partidos, sino realmente construir partidos que tengan credibilidad y que tengan como propósito la experiencia y la formación de políticos responsables. Deberíamos pensar más en cómo formamos un político realmente responsable, que en cómo hacemos organizaciones alternativas.

¿Y eso cómo se hace? 

Creando una legislación que no sea tan generosa con cualquier cosa que se diga partido. Se vuelve una paradoja: estamos en contra de los partidos y fomentamos la creación de más partidos, pero no hacemos ninguna vigilancia sobre ellos.

¿Cómo hacerlo? Siendo muy exigentes con que los partidos pequeños tengan realmente vocación de poder, que nuestro voto construya auténticas organizaciones y no solamente que fragmente el voto. Exijámosles que busquen el poder en serio, no una parcela ni la comodidad de una curul en la Cámara de Diputados.

Lo vamos a pagar muy caro si esta tendencia de fragmentar el voto continúa. ¿Qué va a pasar si el próximo Presidente de la República gana con 20% de los votos? Este es el riesgo al que nos estamos acercando cada vez más. Cuando nos llegue la realidad en el 2018, nos vamos a preguntar qué hicimos. 

Francia alguna vez pasó por este problema. Los votantes fueron tan severos en contra del partido gobernante, dispersaron tanto el voto, que por primera vez el partido de Le Pen estuvo a punto de ganar. Francia lo pudo resolver porque tiene segunda vuelta, cuando vieron los resultados el espanto fue de tal tamaño que rectificaron la votación.

Pero nosotros no tenemos segunda vuelta. Si en el 2018 la fragmentación del voto es de este tamaño, disperso en tantos partidos y en tantas opciones, en donde la mayoría son más por desagrado que por convencimiento, vamos a construir un Frankenstein que nos va a gobernar seis años.