Ficticia o cuando el futuro nos alcance

 

Guillermo Revilla

Guillermo Revilla

El discurso histórico oficial de la humanidad está construido sobre la idea del progreso. Las clases de historia que se imparten en las escuelas tienden a mostrar el devenir del ser humano como una línea ascendente: del nomadismo y las cavernas, pasamos a la agricultura y las ciudades establecidas, del pensamiento de que la Tierra era plana y estaba en el centro del Sistema Solar, pasamos al conocimiento de que es redonda y orbita alrededor del Sol. El hombre, de la mano de la ciencia, cada vez sabe más, cada vez progresa más, cada vez está mejor.

Esta línea ascendente tiene su manifestación más palpable en la tecnología, que hace la vida más fácil: de las cartas a los correos electrónicos, del telégrafo a la telefonía móvil e inteligente,  de la laboriosa cosecha del propio sustento a los alimentos enlatados y el fast food, del trueque al dinero virtual en plástico.

Sin embargo, hace tiempo que venimos viendo esta ilusión histórica desvanecerse. Cada vez es más patente que este progreso, o al menos alguna de sus aristas, tiene un costo potencialmente catastrófico para nuestro planeta. Cada vez nos damos más cuenta de que, si no corregimos el rumbo, en el 2062, año en el que está ambientada la caricatura Los supersónicos, más que vivir en casas flotantes y transportarnos en autos que vuelan, nos moveremos entre la basura que la vida moderna produce sin cesar.

Para muestra basta un botón: hace poco más de dos décadas, se descubrió en el Pacífico Norte el llamado “Gran Parche de Basura del Pacífico”, un área de cerca de un millón de kilómetros cuadrados en la que se encuentran flotando alrededor de 100 millones de toneladas de desechos, en su mayoría plásticos provenientes de la masa continental.

A la par de discursos históricos y parches de basura, el hombre produce ficciones. Una parte importante de ellas se ha dedicado a imaginar en qué condiciones vivirá la humanidad en un futuro más o menos lejano. Muchas de estas ficciones, como las películas Wall-E (2008), Elysium (2013) o Mad Max: Fury Road (2015), por mencionar sólo algunos ejemplos recientes, se han construido justamente sobre la premisa de explorar ese costo preocupante del “progreso”: desigualdades sociales exacerbadas e, incluso, institucionalizadas, escasez de recursos naturales y catástrofes ambientales provocadas por la humanidad, que la ponen al borde de la extinción y teniendo que sobrevivir penosamente.

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Dentro de esta línea del post apocalipsis ambiental, los sábados y domingos a las 13 hrs. en el teatro El Galeón del Centro Cultural del Bosque, el grupo “Los Conjurados Teatro” pone en escena la historia de Ficticia, una ciudad creada sobre un gran parche de basura. Los habitantes de este lugar, fundado en el sitio donde McDonaldtzin Ficticícatl encontró una rata parada sobre una lata de refresco devorando una cucaracha, han hecho del basurero en el que se ha convertido el mundo su hogar, logrando prosperar aún entre los desperdicios. Sin embargo, se encuentran atravesando por una crisis que amenaza su existencia: una prolongada sequía que los ha dejado sin agua. Ante esta catástrofe, los ciudadanos de Ficticia emprenden una aventura en busca de la solución.

Este es el segundo trabajo de la compañía, que hizo su aparición en la escena mexicana con Verdades como puños, obra con la que participaron en festivales nacionales e internacionales como la Fira de Tàrrega, España (2013), el Festival Internacional de Teatro de Manizales, Colombia (2014), y la Muestra Nacional de Teatro (2014), además de que formaron parte del Programa de Teatro Escolar del INBA, dentro del cual visitaron varias escuelas del Distrito Federal durante 2014 y 2015.

Para la realización de este proyecto, el grupo invitó a la dramaturga, actriz y directora Haydeé Boetto, quien junto con el elenco de la compañía, creó una puesta en escena que explota el poder de la sátira para crear una comunicación directa y poderosa con el público que entre risas acompaña la aventura de los ciudadanos, quienes deben enfrentar la cerrazón de un gobierno corrupto, abusivo y totalitario, los caprichos de un mago vicioso y los enigmas de una esfinge, todo esto en el marco de una escenografía hecha de basura, al igual que los vestuarios, lo que le da a la obra una textura visual muy atractiva.

Por las venas del espectáculo corre el espíritu del teatro popular, de plaza pública, que habla con la gente sin tapujos y con desparpajo sobre su realidad, que carnavaliza el espacio para darle voz a los que no la tienen: no es casual que sea un personaje llamado “La voz del pueblo” quien guía la búsqueda del agua. El humor de Ficticia,  sencillo, pero a la vez contundente, se convierte en un risueño piquete a la conciencia del espectador.

“¿Para qué queremos arte y cultura si no tenemos agua?”, pregunta un ciudadano de Ficticia. La respuesta es nebulosa y nos remite a una discusión añeja y difícil de resolver. Este tipo de teatro, claro y de fácil comprensión, con temática ambiental y social, con  alto contenido político, y pensado para un público amplio en su lenguaje, resulta muy pertinente en estos tiempos y en nuestro lugar. Puestas en escena como Ficticia reivindican el poder del teatro como contenedor de las problemáticas que atañen el presente más inmediato de la sociedad, y como elemento importante en la construcción de ciudadanía, entendiendo a ésta como la toma de conciencia de que nuestras acciones repercuten en el marco de una colectividad, de que, más allá de mí, el otro también importa.  

El arte y la cultura, y con ellos el teatro, no van a devolvernos el agua, ni van a castigar y limpiar la corrupción de nuestros malos gobiernos, ni van a disolver el gran parche de basura del Pacífico Norte, pero sí pueden hacernos escuchar el corazón de la humanidad que aún late en medio de la mugre.