Los “Topos” 30 años después del 85

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Andrés Treviño

Andrés Treviño

El 19 de septiembre de 1985, a las siete de la mañana con 17 minutos y 47 segundos, a 15 kilómetros de profundidad bajo el lecho marino, muy cerca de la desembocadura del Río Balsas, se produjo una ruptura en las rocas de la corteza terrestre que liberó energía equivalente a 30 mil bombas de Hiroshima, un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter.

En el puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán, la ciudad más cercana al epicentro,  el 60% de las casas resultaron con daños de medianos a graves, y en Playa Azul, en el mismo estado, hubo numerosos muertos. En Ciudad Guzmán, Jalisco, la devastación dejó 50 víctimas mortales; y en Ixtapa-Zihuatanejo, Guerrero, una persona murió y se registró un maremoto con olas de hasta cuatro metros de altura.

Más de un minuto después, a las 7:19 de la mañana, las ondas sísmicas alcanzaron la Ciudad de México y causaron una devastación nunca antes vista en la capital del país. El número de víctimas fue incalculable, nunca se pudo definir una cifra real.

Treinta años después, algunos de los llamados “topos”, en aquel entonces personas comunes que, sin ningún entrenamiento especial, se deslizaron dentro de las estructuras colapsadas en busca de señales de vida, comparten sus recuerdos con El Ciudadano, mismos que presentamos aquí a manera de homenaje y conmemoración.

7:19 a.m.

Sobre el origen del apelativo “topos”, Fernando Álvarez Bravo, veterano de la Brigada de Rescate Topos Tlatelolco, A.C., dice que “ninguno era brigadista, nadie se conocía. Ese nombre la prensa nos lo puso como seis días después (del sismo)”.

En 1985, Fernando tenía 22 años, vivía cerca del metro Villa de Cortés y estudiaba administración en la Universidad La Salle, lugar donde se encontraba a las 7:19 de la mañana. “Estaba en clase, mi día hasta esa hora fue normal. Una compañera fue la primera en decir ‘está temblando’. Son tres edificios que se ven como uno solo. Como a la mitad del temblor empezaron a golpearse. El maestro apenas se podía sostener (en pie)”.

“No había la protección civil de hoy en día, nadie sabía qué hacer, no estaba tan señalizado como ahora, nunca se habían hecho protocolos de evacuación, prácticas, brigadas de primeros auxilios, se creía que no pasaba nada, que el temblor iba a pasar en diez segundos como siempre; pero este fue muy largo y fuerte.”

En 1985, otro “topo”, Adrián Pérez  González, tenía 24 años y estudiaba ingeniería civil en el IPN. Cuenta que en ese entonces hacía su servicio social en un campamento de obras públicas de la delegación Miguel Hidalgo que se encargaba de dar mantenimiento a jardines de niños y primarias.

“El día del terremoto fue laboral. Me agarró todavía en mi casa. Estaba prácticamente para salir a la oficina. Vivía en la colonia Pensil. Era una casa de una planta, no teníamos gran riesgo. Nunca había sentido un temblor tan intenso. Teníamos una palmera en el centro del patio y había una pila de agua. Cuando comenzó a temblar yo estaba en mi recámara. Mi hermano de cinco años estaba en el patio. Intenté caminar y no podía. A través de la ventana veía como el agua se desbordaba de la pileta. La puerta de la casa se golpeaba. Se cayó una rama de palmera y mi hermano salió disparado a buscarme. Estaba muy espantado.”

Fernando Muñoz Villarreal es diseñador gráfico, aquel 19 de septiembre tenía 18 años y estudiaba el último año de preparatoria en el sur de la Ciudad. “Yo acababa de entrar al salón cuando empezó el sismo. Estaba en un tercer piso y se sintió muy fuerte. En la escuela se cayó una barda.”

Mario Norberto, mejor conocido como el “Tío”, está a cargo como jefe operativo de la Brigada, es ingeniero geólogo de profesión y cuenta que tenía 30 años aproximadamente el día del temblor. “Ya estaba casado, mis hijos iban apenas en kínder. Mi casa, está en la Guadalupe Tepeyac.”

“Era un día normal. Mi esposa y mis hijos iban de salida, yo me despertaba después. Sentí el movimiento y pensé ‘ahorita pasa’. Y no, se sentía cada vez más fuerte. Me levanto, me asomo por la ventana y mi primera impresión fue que los autos estacionados en la calle se pegaban durísimos defensa con defensa.”

“Agarré el pantalón y como pude me lo puse, porque no me podía sostener. Me uní con mi esposa y mis hijos en las escaleras. Nos fuimos a la cochera. Estuvimos esperando a que pasara, pero sentías que era más fuerte. Empezamos a escuchar algo que tronaba, eran las trabes,  la estructura de la casa. Esos segundos son eternos. Salimos y vimos a mucha gente, vecinos, todavía en pijama.”

Aquel día

Fernando Muñoz recuerda que él y sus compañeros de la prepa se enteraron por las noticias que se habían caído varios edificios, entre ellos el Instituto Cultural, en Taxqueña, en la que estudiaba la novia de un amigo suyo. “Fuimos ahí a buscarla y participamos en el desescombro. Eran dos edificios, se cayó en el que estaba ella y murió. Me parece que 15 o 17 muchachas murieron ahí.”

Mario Norberto, “el Tío”, que trabajaba en la colonia Morelos, dice que en el trayecto vio un seguro social derrumbado, y en la calle de su oficina había otro derrumbe donde habían quedado algunas personas atrapadas. “El mexicano es muy solidario en ese aspecto, cuando hay algo, se une. Ya la gente estaba ayudando a cargar escombro. Yo estuve ayudando en la colonia Morelos, como cualquier persona.”

A las 8:10 de la mañana, las autoridades de la Universidad La Salle decidieron suspender las clases por el resto del día y Fernando Álvarez se fue hacia el rumbo del Toreo de Cuatro Caminos donde hacía sus prácticas profesionales. “Hablé con mi familia, todos bien, yo seguí mi día.”

Cuenta que, alrededor de las 9:15, vio que del Campo Militar Número Uno salían muchos helicópteros, con vuelos bajos hacia el centro de la Ciudad. En su oficina pusieron una televisión e improvisaron una antena, así pudieron ver escenas de la colonia Roma, donde vivía su abuela.

“Ya había hablado con ella y sabía que estaba bien, pero decidí ir a verla porque la zona se veía mal. Un chofer de la oficina me llevó a Insurgentes y Baja California. Ya no podías pasar por cualquier lado, había calles cerradas por la misma población con piedras, muebles, lo que fuera. Fui a pie, ya olía a gas, olía a otras cosas. Vi el Multifamiliar Juárez, vi el Hospital General caído. El ejército llegó como a las seis de la tarde, pero sólo para resguardar el área, no llegó a ayudar.”

Fernando Álvarez estuvo prestando auxilio los siguientes 15 días en el Multifamiliar Juárez, donde, dice “había un montón de chavos. La brigada así empezó. Ninguno era brigadista, nadie se conocía”.

“Rescaté a un niño que vivió gracias a que su mamá lo protegió y ella murió. Sobre todo en la noche, parecía zona de guerra, porque nos quedábamos ahí. Sobre Cuauhtémoc pasaban ambulancias cada cinco minutos y camiones de bomberos llenos de agua a 100 kilómetros por hora. Se cimbraba todo otra vez. Nunca había visto un desastre, este era el primero y en grande.”

Adrián Pérez pasó la mañana recorriendo la delegación Miguel Hidalgo al frente de una cuadrilla de plomeros, electricistas, herreros, albañiles y ayudantes generales, tirando bardas que estaban a punto de caer y desactivando cables sueltos. A la una de la tarde los trabajadores fueron concentrados en la entrada del Panteón Francés donde se les dio la instrucción de ir al centro de la ciudad a apoyar. La cuadrilla de Adrián se dirigió a la colonia Roma.

“En el trayecto la gente iba muy sonriente, con esa curiosidad de ver qué va a suceder, sin imaginar lo que íbamos a encontrar. Cuando llegamos a la Puerta de los Leones (sobre Paseo de la Reforma), comenzamos a ver que todos los cristales estaban tronados. Ahí la gente empezó a tener un poco de seriedad. En el cruce de Insurgentes y Reforma había un edificio hecho un montón de escombros. Las sonrisas se opacaron por completo. Cuando dimos vuelta sobre Insurgentes para llegar a la Glorieta, bueno, eso era una zona de guerra. Los rostros se hicieron totalmente de temor, de angustia.”

“Nos habían mandado a un edificio como de tres niveles que se había colapsado en sándwich en la esquina de Chihuahua con Monterrey. Había personas afuera, algunos estaban escarbando, los demás viendo. Solamente había un socorrista de la Cruz Roja en esa cuadra, o no sé en cuántas manzanas. A él le decían ‘aquí hay alguien’ y él decía qué hacer y se iba a otro lado.”

Se trataba de una escuela de laboratoristas clínicos, los jóvenes habían entrado a las siete de la mañana a clases. Adrián y su cuadrilla retiraron del lugar un par de tanques de gas que fuga y estaban quitando cables que hacían corto circuito cuando uno de los trabajadores comenzó a escuchar un quejido.

“Todavía nadie, en nuestra mente, concebíamos lo que había pasado, no teníamos la dimensión”, cuenta Adrián. “Afuera, en el patio, veía hojas de papel, kárdex de los alumnos, documentación, fichas con fotos de los estudiantes, y mucha gente en la calle que venía a buscar a su hijo o hija porque no habían llegado todavía a casa. Ya eran como las cuatro de la tarde.”

“Nos metimos por donde empezaban unas escaleras de caracol. Ahí por primera vez escuché el famoso ‘silencio’. Decían: ‘¡Silencio, silencio!’, y todo mundo se callaba. Efectivamente se oía un quejido. Pues sí, alguien con vida ¿y qué hacemos? Nadie de nosotros estaba preparado para un rescate.”

“Buscamos al socorrista y él ubicó el sonido. Comenzamos a quitar piedras y cuando metimos una lámpara, cuál fue la sorpresa. Había muchos cuerpos de jóvenes que habían corrido hacia las escaleras cuando se derrumbó.”

“El socorrista dijo, ‘creo que es ella’. Le empezó a hablar, la chica dio su nombre y él comenzó un diálogo. La chica estaba boca arriba, su cabeza sobre el cuerpo de unas personas y sus pies aprisionados entre una losa y otro cuerpo abajo. Estaba todo muy, muy apretado. Ahí empezamos realmente a ver lo que teníamos enfrente.”

“No sabíamos cómo íbamos a sacarla hasta que uno de los albañiles dijo, ‘y por qué no rompemos por abajo la losa, para ver si podemos liberar el cuerpo’. Y va, a mano empezamos (con cincel y martillo). Serían como las cinco de la tarde, el trabajo duró como hasta las dos de la mañana.”

“Todo ese tiempo te ibas encontrando cada cosa que no dabas crédito de lo que había pasado. Nos íbamos turnando, una pareja diez minutos (martillando), ‘cambio’, y otra pareja, ‘cambio’. Por otro lado, estaban hablando con la chica y pasándole agua.” 

“Todo se puso muy crítico como a las 12:30 o 1:00 de la madrugada cuando la chica dijo ‘ya me quiero dormir’, se ve que ya no quería saber nada. Pero nos decía el socorrista ‘si se duerme, se muere’. Entonces se le mantuvo despierta.”

“Logramos hacer un gran boquete y encontramos el cuerpo de la persona que estaba aprisionando. Era otra chica. Empujamos el cuerpo y se aflojaron las piernas de la joven. Lo demás fue demoler en las partes de arriba para que pudiera salir. Debemos haberla sacado como a las 4:00, 4:30 de la mañana. Te sentías bien por haber sacado a una, pero ahí había más de 100 personas que habían perdido la vida.”

“Al día siguiente, pidieron que nos fuéramos al Multifamiliar Juárez. Se hizo la fama de que, si había alguien con vida, nosotros sabíamos.”

Memoria y protección civil

“En la memoria de quienes lo presenciamos, no se nos va a olvidar, pero no somos tan buenos difundidores de los hechos, lo dejamos y no transmitimos lo que vivimos para que la gente sea consciente de lo que puede venir. Estamos en un lugar sísmico y va a suceder otra vez”, reflexiona Mario Norberto, “el Tío”.

Fernando Álvarez dice a su vez: “Hemos mejorado, aunque a mucha de la población ya se le olvidó. Sobre todo los que tienen de 35 años para abajo lo ven como una historia muy vieja, creen que no pasa nada, pero la realidad es que va a volver a temblar y no sólo en México, hay desastres en muchas partes del mundo.”

“La Alerta Sísmica son 50 segundos vitales para prepararte para un temblor grande y replegarte. Es algo importante que la mayoría de las empresas no tienen presente. Creo que es necesario reforzar los planes de evacuación, los programas internos, tener las brigadas que pide la ley. Es importante darle fuerza a la protección civil y tomarla como una forma de vida. La protección civil no sólo es para los temblores, también es para inundaciones, para la ceniza volcánica, incendios, es para prevenir daños en la población.”

La Brigada de Rescate Topos Tlatelolco, A.C., es una organización sin fines de lucro, integrada por voluntarios. “El equipo que cada uno trae, lo paga cada quien de sus propios recursos”,  explica Fernando Álvarez. “Cada uno tiene su actividad profesional o está estudiando. La Brigada busca financiamiento para las salidas, sobre todo al extranjero, y para los alimentos y algunas herramientas. En eso la Brigada pide ayuda a empresas y a la población civil, básicamente. Recibimos donaciones, somos una donataria autorizada.”

La solidaridad y los riesgos

El ahora brigadista Adrián Pérez dice haber caído en cuenta del riesgo que corrían cuando, en el Multifamiliar Juárez, “estábamos metidos en los hoyos y había un edificio al lado considerado como a punto de colapso. De pronto alguien decía que estaba temblando, o que el edificio se movía, y la gente comenzaba a correr. Abajo sentías como todo se movía y caía la tierra”.

Adrián afirma que “antes del 85 había una conciencia de protección civil y después vino otra. Fue una sacudida tremenda, donde obviamente se vio que el gobierno no pudo enfrentar la situación. No hubo respuesta ni por equivocación”.

“Sin embargo, de manera natural surge lo que creo que es esa memoria histórica del pueblo, que tiene que reaccionar para sanar su lesión. Toda la población interviene en la ayuda, no importa si era pobre, era rico, era negro, era güero, nada. Tú ibas a ayudar, y se notó en todos sentidos, desde gente de nivel económico alto que estaba ahí dando comida, llevando cosas, hasta la gente más humilde que llegaba y decía ‘¿en qué le ayudo?»

“Esta anécdota es la que me partió el corazón: Una vez bajo de los escombros y en un jardincito llega una señora con una bolsa de plástico y me dice: ‘¿ya comiste?’ le digo: ‘todavía no’. ‘Ah, siéntate’. Y de su bolsa saca una servilleta, la pone en el piso, saca un plato, saca un frasco y me sirve sopa, me pone la cuchara, saca tortillas. Me termino la sopa, saca otro frasquito, me sirve huevo en salsa, me lo como. ‘Tengo frijolitos, ¿quiere?’ ‘Sí, sí quiero frijolitos’; agua simple. Terminé. Ella guardó sus cosas. ‘Qué te vaya bien’. Y se fue la señora. ¿La conocía? No. La señora llegó, me dio de comer y se fue.”

“La Brigada realmente existe por la fuerza infundida del pueblo de México, esa es la esencia, el coraje y el empuje que tiene. Por eso yo creo que la agrupación es tan entrañable para los mexicanos.

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