El Nuevo Orden Mundial (segunda parte)

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El nuevo orden mundial es un claro regreso a la realpolitik, a la política de bloques, que, de hecho, nunca se fue

Guillermo Rocha Lira

Guillermo Rocha Lira
@MemoRochaL

Así como después de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en el principal acreedor mundial, en sustitución de Gran Bretaña, hoy nos encontramos en una nueva etapa de las relaciones internacionales y de la política mundial, porque una de las principales consecuencias de la pandemia es que la República Popular de China se empieza a consolidar como el nuevo acreedor mundial, país en el que, paradójicamente, comenzó la crisis sanitaria del Covid-19.

Pero el proceso de cambio en los polos económicos ya venía sucediendo mucho antes de la pandemia, el virus y la cuarentena sólo aceleraron el proceso. En abril de 2014 escribí en este mismo medio el artículo “La Guerra Fría continúa”, en el cual aseveraba que, a pesar del fin de la bipolaridad, desde el punto de vista armamentista y militar la relación entre Estados Unidos y Rusia no cambió, y que incluso la carrera armamentista se aceleró en el siglo XXI, con la faceta capitalista de la nación báltica.

Asimismo, también comenté en un artículo titulado “El nuevo Orden Mundial”, en 2017, que el binomio Rusia y China aprovechaba el vacío que dejaba el entonces presidente “títere” Donald Trump, para que estas naciones sacaran ventaja en el nuevo orden geopolítico mundial. Desde entonces advertía que la sociedad internacional experimentaba una corriente anárquica, antisistémica, antiglobalizadora y proteccionista que marcaba la derrota del pensamiento neoliberal e integracionista, todo lo cual se sintetizaba en la forma de gobernar del mismo Trump.

En general, el mundo atraviesa una tendencia antiglobalizadora que, si bien no marcará el fin de la globalización, sí demuestra al menos el regreso de las potencias a las políticas de alianzas y contralianzas, como sucedía en la política continental anterior a la formación de la Unión Europea. Prueba de ello fue la salida de Reino Unido de la Unión Europea el 1 de enero de 2020 y que representó un duro golpe en la política supranacional e integracionista que surgió después de la Segunda Guerra Mundial. El nuevo orden mundial es un claro regreso a la realpolitik, a la política de bloques, que, de hecho, nunca se fue.

En ese nuevo orden mundial no hay que dejar a un lado lo que sucedió hace unos meses en Afganistán, donde Estados Unidos y sus aliados no pudieron detener el regreso del talibán después de dos décadas de ocupación. Invasión que, por cierto, fue aprobada y legitimada en su momento por la Organización de las Naciones Unidas, o al menos por las potencias occidentales. En este contexto, fue la misma República Popular de China la que, en voz de su ministro de Relaciones Exteriores, calificó el regreso de los talibanes al poder como una fuerza política y militar “clave” en Asia central. Claro ejemplo de que la política de bloques está más viva que nunca.

En el caso particular de Ucrania, el territorio siempre ha sido acosado por las fuerzas rusas. Desde la época del absolutismo, los zares siempre tuvieron la preocupación de asegurar a Rusia una salida al mar en la parte sur, por lo que desde entonces siempre se consideró al territorio de la hoy Ucrania como un lugar estratégico para sus intereses nacionales, y cuyo episodio más significativo fue en 1853 cuando Rusia disputó el control de la península contra Francia, Reino Unido y el Imperio Otomano. En ese entonces, los motivos del conflicto fueron los mismos que los de ahora: el expansionismo ruso. El antecedente más reciente de este conflicto itinerante fue la invasión de Rusia a Crimea en 2014, península que nuevamente fue disputada por el país báltico, por las mismas razones que en el siglo XIX.

En ese sentido, no hay nada nuevo. Lo que hoy hace Vladimir Putin es la continuación de la política expansionista que también llevaron a cabo sus antecesores, desde los zares con sus políticas de rusificación en Europa hasta los secretarios del Partido Comunista quienes, con el pretexto de la conformación de la Unión Soviética y la exportación del socialismo a todo el mundo, también aglutinaron naciones y nacionalidades en Europa y Asia Central.

Nada más para que se den una idea, de 1920 a 2022 México a tenido 20 presidentes, mientras que la Unión Soviética y Rusia, en el mismo tiempo, solo han tenido a 8 personas al frente: Lenin, Stalin, Jrushov, Breshnev, Andropov, Gorbachov, Yeltsin, Medvedev y Putin en dos ocasiones, todos caben en un renglón.

Para ganarse el prestigio de ser “la nación territorialmente más grande” del planeta, Rusia ha tenido que recurrir a todos los medios políticos, económicos, científicos y militares para lograrlo. En toda su historia, el militarismo siempre fue una parte neurálgica de su sistema político y hoy en día lo sigue siendo. Como decíamos en el artículo “La Guerra Fría continúa”, Rusia más que ninguna otra nación, junto con Alemania, ha estado presente en casi todos los conflictos europeos, y sigue siendo la nación que más armamento convencional exporta a otros países y más armamento no convencional posee, en competencia directa con Estados Unidos. Así pues, el mundo sigue con dos claros competidores por el control militar y nuclear.

Vladimir Putin ha optado por la agresión directa a Ucrania, mientras que Occidente prefiere una contención de la situación. A diferencia de lo que sucedió en 2003, cuando una coalición de países liderados por Estados Unidos invadió, de “forma unilateral”, Iraq con el pretexto de encontrar armas químicas y nucleares; hoy, durante la invasión rusa a Ucrania, esas mismas potencias brillaron por su ausencia ante un posible conflicto que podría desencadenar “consecuencias inimaginables” para la región y para el mundo.

La respuesta de Estados Unidos y sus aliados ha sido imponer sanciones a Rusia y también continuar, en la media de lo posible, con un conflicto indirecto a través de una guerra no convencional que permita rearmar a Ucrania. Así como en los viejos tiempos, con Corea, con Vietnam y con Afganistán, la guerra fría continúa en Ucrania. Tan es así que la Unión Europea aprobó destinar otros 500 millones de euros en armas y equipamiento militar a este país para defenderse de Rusia, a través del Fondo Europeo para la Paz.

Rusia es un país que en cualquier conflicto te lleva al desgaste. Futbolísticamente hablando, es el clásico equipo que te lleva a los “penalties”, a lo impredecible, a donde todo puede pasar. Así lo hicieron contra los franceses de Napoleón en el siglo XIX, cuando se replegaron para que escaseara el alimento; así también lo hicieron contra los alemanes en ambas guerras mundiales, para que al rival se le agotaran los recursos y se debilitaran sus fuerzas. Fiel a la historia rusa, así lo hace Vladimir Putin, con una política exterior amenazante, con negociaciones forzadas, con ataques intermitentes. En la reciente invasión rusa a Ucrania, es fundamental para el mandatario ruso que se muestre una resistencia del rival para demostrar su creencia de que Ucrania sí tenía armamento específico que ponía en peligro la soberanía de la Federación Rusa, y también porque busca evitar que su nación sea acusada por crímenes de guerra contra la población civil, aunque las imágenes de la invasión evidencien lo contrario.

Desde luego que las sanciones económicas afectarán a Rusia, pero también a Occidente, porque en Europa se ha creado lamentablemente un escenario perder-perder. En la Unión Europea ya aparecieron las primeras fisuras del bloqueo económico, ya que Alemania, la locomotora económica continental, se declaró impedida para llevar adelante un boicot económico, porque su economía, y de paso la de Europa, dependen del gas que proviene de Rusia. Así las cosas, en este mundo interdependiente.

En este mundo dividido por el proteccionismo y las tendencias antiglobalizadoras que ya venían antes de la pandemia, ahora hay que sumar las sanciones económicas al país más grande del planeta. Sobre esto habría que preguntarse si este escenario no es la tormenta perfecta para la República Popular de China, que ha visto en el conflicto la oportunidad para seguir creciendo, acaparar más mercados y consolidarse como el nuevo acreedor mundial. En la Guerra Fría del siglo XX, China jugó un papel fundamental en el equilibrio de fuerzas entre la extinta Unión Soviética y Estados Unidos. Ahora tendría nuevamente la oportunidad de alterar el juego geopolítico por su inmenso potencial económico, militar y nuclear, pero no lo hará, porque como hemos visto, la gigantesca nación asiática ya escogió lado con su aliado, Rusia, en el nuevo orden mundial.

Nada más como dato: mucho antes de la pandemia, en 2015, China, Rusia y los demás países de los BRICS aprobaron un “Fondo” de reserva en clara oposición contra el Fondo Monetario Internacional por más de 100 mil millones de dólares. Preguntas morbosas para concluir: ¿Los acontecimientos recientes no son el escenario perfecto para que China y sus aliados alcancen sus objetivos? ¿No es lo que esperaban? ¿No es el mundo de la postpandemia el escenario al que aspiraban? Hay que recordar que las naciones BRICS controlan el 40 por ciento de la población mundial, si a eso se le suman otros países aliados podrían representar a más de la mitad de la población mundial. Este es el escenario del nuevo orden mundial.

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