En el Llano
TRIUNFOS PÍRRICOS

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Son dos los principales enfoques que tiene la política: servir a la ciudadanía con ética y transparencia; pero si se usa desde el poder con criterios ruines y mezquinos, se convierte solamente en una palabreja: politiquería

 
 
 
Luis Gutiérrez Rodríguez

 

 

H

acia el año 279 (a.C.), en Heraclea, al norte de la Grecia actual, empezaron las grandes batallas que libraron los romanos contra las tropas de Pirro, rey griego de Epiro. Pasaron a la historia con el nombre de guerras pírricas.

En Heraclea, los griegos lograron la victoria, pero perdieron 13 mil soldados; la segunda guerra fue un año después, en Ausculum: Pirro volvió a triunfar, aunque perdió 3 mil 500 hombres en la batalla. El historiador Dionisio de Halicarnaso refiere que volvió a fracasar su intento de conquistar Roma.

Empezó entonces a tejerse la leyenda de Pirro: grandes batallas, muchas pérdidas de vidas y estrategias equivocadas para culminar los triunfos.

Eso parece estar ocurriendo en México: “triunfos pírricos” del gobierno ocasionados por resonancias de ruidosos encarcelamientos, juicios para cubrir de escarnio a los blancos (“adversarios”) presidenciales y sorpresivos actos de indulgencia selectiva: como el compasivo perdón concedido al exconvicto quintanarroense Mario Villanueva; como la súbita presencia, en la mañanera conferencia de prensa, de una agradecida madre sinaloense cuyo hijo, al parecer encarcelado injustamente, alcanzó el perdón presidencial; como el amparo concedido por un juez federal al exalcalde de Iguala, José Luis Abarca Velázquez, señalado como presunto implicado en la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, beneficio que también está por conseguir su esposa, María de los Ángeles Pineda, presa en un penal del Estado de México; como la indulgente actitud de AMLO hacia el hijo de “el Chapo Guzmán”, Ovidio Guzmán López, liberado el 17 de octubre de 2019 en Culiacán, Sinaloa, por órdenes presidenciales (cuando el “culiacanazo” que impidió, nada menos que al ejército, cumplir con una orden de aprehensión); como la intervención pública y personal de AMLO en favor de su hermano Pío, investigado judicialmente por realizar “aportaciones personales” a su hermano Andrés Manuel, el 17 de octubre en Culiacán, Sinaloa; como los contratos de Pemex en beneficio de la compañía Litoral Laboratorios Industriales, propiedad de su prima Felipa Obrador, quien recibió cerca de 365 millones de pesos en contratos otorgados por la paraestatal durante la actual administración (AMLO dijo que no sabía nada sobre el particular, pero lo desmintió el director de Pemex, Octavio Romero Oropeza).

Pero los generosos perdones presidenciales a diestra y siniestra, los dardos de victorias fantasmales contra la corrupción, son para la ciudadanía desesperante impotencia e indefensión ante la pandemia de COVID-19. Además, ineptitud burocrática para solventar pagos urgentes a proveedores y nómina de empleados federales (maestros, por ejemplo), no obstante la corrupta simulación con adjudicaciones de contratos por la vía directa; agravios cotidianos a una sociedad acorralada, a merced de la delincuencia; violencia cotidiana, desempleo y pobreza; un sistema de salud insuficiente e ineficiente; feminicidios todos los días, por decir lo menos.

Desde el poder, pretenden contrastar estos lamentables vacíos de gobierno con el costoso aeropuerto de Santa Lucía (del que administrativamente ya ha sido encargado el Ejército Nacional) y la presunta magnificencia del Tren Maya.

El ensueño de la cuestionada e impugnada refinería de Dos Bocas es punto y aparte. Una y otra vez lo han advertido expertos nacionales e internacionales: esa refinería no tiene pies ni cabeza, aunque tenga Dos Bocas, pero se hará cueste lo que cueste porque es uno de los proyectos personales de un hombre: el señor presidente.

La secretaria de Energía, Rocío Nahle, ha puesto un plazo de tres años para tener lista la refinería. Ella es la responsable del Plan Nacional de Refinación que incluye, además, la rehabilitación de las otras refinerías que se están “cayendo a pedazos”, según expertos. El costo de Dos Bocas, según el gobierno, sería de 150 mil millones de pesos.

Conforme pasan los meses, los velos se descorren, los hechos se imponen y la realidad aflora con toda su crudeza. La vida de la nación parece circunscribirse a los muros del palacio nacional, en la Ciudad de México. Desde ellos se descalifica, se niega o se miente, según sea el caso. Extramuros, la pandemia sigue cobrando su cuota de dolor y muerte: hospitales saturados en la Cdmx y, con un presidente reacio a la solidaridad ciudadana con el cubrebocas, van ya 114 mil decesos (en cuentas del gobierno). En comparación, el saldo pírrico de Ausculum y Heraclea es nada.

La política tiene dos enfoques posibles: 1) servir con ética y transparencia a la ciudadanía, y 2) servirse de ella con criterios ambiciosos, personales, ruines y mezquinos. Este segundo enfoque es politiquería.

El término ya fue incorporado al léxico de la autodefensa política. Deja de ser la voz de popular a los malos gobernantes, ahora es al revés. Hace poco escuché una grabación del presidente descalificando una protesta tumultuaria de hombres y mujeres que negaban, a gritos, que se les estuvieron entregando becas o apoyos a familias de pueblos y comunidades. Enojado, el presidente cortó: “¡Así no se puede! ¡Esto es politiquería!”

Colofón: diversos historiadores señalan que después del sangriento (pero “victorioso”) combate de Ausculum, todavía entre felicitaciones por el “triunfo”, al advertir Pirro las sensibles bajas sufridas en la batalla, lamentó: “Otra victoria como esta y tendré que volver a casa solo”.

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