En el Llano
ASECHANZAS AUTORITARIAS

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«Enfrentamos una compleja realidad: la democracia tiene nuevos y distintos requerimientos, que exigen un gran esfuerzo de comprensión y elaboración intelectual y política»
José Woldenberg. Director de Nexos y Profesor de Ciencias Políticas y Sociología de la UNAM

 
 
 
Luis Gutiérrez Rodríguez

 

 

H

ace meses que se advierten señales de un proceso encaminado a destruir los cimientos de nuestra todavía frágil y vulnerable democracia.

No se advierte por ahora otro objetivo más allá de este propósito destructor, excepto dos signos que presuntamente encierran la clave de un promisorio futuro para los mexicanos: la 4T, o “Cuarta transformación”, según el impulsor de estos símbolos.

¿Qué significan? Nuestra vida institucional registra tres cambios históricos importantes: la Independencia, con la que se construyó la Constitución de 1824; la Reforma, impulsada por el liberalismo juarista en 1857, y la Revolución, cuyos sólidos cimientos fueron edificados por la Constitución de 1917.

¿Y el cuarto cambio, o cuarta transformación? Hay millones de mexicanos en mayoría de edad a los que les gustaría saber cuáles son las entrañas del tan anunciado cambio. Se habla en voz baja de una nueva Constitución para México; ¿quién o quienes la construyen? ¿En verdad le encargaron “coordinarla” al conocido René Bejarano? ¿Sobre qué bases? ¿Estaremos (sin saberlo) ante un Morelos, un Juárez o un redivivo Carranza en ciernes? ¿Será Andrés Manuel López Obrador el cerebro redactor de esta cuarta restauración de la República? ¿Cuál sería el andamiaje jurídico, ético y político e histórico (si es que va a tener antecedentes) del gran salto? Me pica la curiosidad una pregunta más: el equipo, ¿será una selección nacional de mexicanos competentes, capaces? ¿O será otro dedo divino el que escoja, designe, elija o decida quiénes serán los buenos y quiénes los malos en la gestación de la nueva patria? Porque seguramente los habrá ¿no?, para dar continuidad a la célebre ocurrencia, digna de un tratado sobre el Estado moderno: conmigo o contra mí.

El caso es que ahí están, se manifiestan los síntomas autoritarios del proceso. Aunque no hay aún quien pueda explicar con transparencia (¡vaya palabra!), hacia dónde, cómo, por dónde, con qué o para qué. Eso sí, ya están a la vista algunos escombros: primero la demolición, después a buscar entre las ruinas.

A estas alturas, nadie puede llamarse sorprendido por lo que ocurre en nuestro país. Lo preocupante acaso es que, si no se detiene a tiempo la piqueta, la reconstrucción (si es que la hay) será más difícil.

Al igual que ocurre y ha ocurrido en otros países, se trata todavía de una lenta y silenciosa transición. Por cuanto hace a México, una de las causas del lento desmoronamiento es imputable (por ahora) al director de la obra. Ha perdido tiempo en privilegiar dos apetitos personales: la venganza y el “escarnio público”, por encima de un presunto interés colectivo, que apenas si se ve. En su ánimo destructor tira, pisa, derriba y destruye cuanto le estorba. Me recuerda una vez más la orden lapidaria de Porfirio Díaz al gobernador interino de Veracruz, Gral. Luis Mier y Terán, en junio de 1879: “primero mata. Después virigüa”.

Lo curioso es que el punto de partida de las pretendidas transformaciones suele ser la democracia. Conquistar el poder para destruirlo.

Frida Ghitis, escritora y columnista de temas internacionales para The Miami Herald y World Politics Review, describió hace pocos años el camino que siguen las modernas autocracias:

Apenas ganan la anhelada la elección presidencial, los pasos subsiguientes están orquestados: descalificar liderazgos políticos y sociales, inclusive empresariales; desacreditar a la oposición, socavar la libertad de prensa, inventar “infiltraciones” y planes contra reformistas, crear «enemigos del pueblo», impedir o desalentar toda crítica.

Acusar a la oposición o a los medios de comunicación de ser parte de una «élite… le permite a un autócrata señalar a aquellos que denuncian los problemas como portadores de segundas intenciones. Esto impide que el público preste atención a sus argumentos y sus advertencias. Entonces, el autócrata y su equipo sistemáticamente desmantelan la independencia del poder judicial y, en última instancia, el estado de derecho.

¿Qué sigue? En poco tiempo, el líder elegido democrática o pseudo democráticamente, es indistinguible de un dictador. Cuando la mayoría de la gente se da cuenta de lo que ha sucedido, es demasiado tarde para retroceder. “De hecho, para entonces, el líder, en pleno control de una narrativa falsa, también puede ser enormemente popular. Un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo se convierte en un aparato de protección del gobierno de un individuo o partido, más sus compinches”.

Es decir, a menos que la sociedad note a tiempo las señales de advertencia y actúe para prevenirlas.

“Los dictadores modernos no derrocarán a otro gobierno. Lo que hacen es hacerse cargo del sistema de gobierno. El secreto está en manipular las normas democráticas, usándolas hasta dejarlas como una delgada cáscara, un escudo cosmético que contiene solo los restos destruidos de la democracia”.

Frida Ghitis citada por Expansión (11 de agosto de 2017).

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