Editorial
Definir la corrupción

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Referimos en las páginas centrales de esta edición el severo juicio de Transparencia Internacional, organización no gubernamental con sede en Alemania, que en su informe sobre 2018 publicó que bajo la presidencia de Donald Trump los Estados Unidos entraron a su peor nivel de descomposición del poder público en siete años: el vecino país del norte cayó seis lugares hasta ocupar el número 22 en el índice de percepción mundial de la corrupción.

La clasificación, añadimos, incluye a 180 países; se utilizaron 13 diferentes fuentes de datos de 12 instituciones distintas, dedicadas a recopilar las percepciones de corrupción del sector público que tienen los habitantes de cada país.

El señalamiento de Transparencia Internacional es hacia un país cuyo actual presidente ha sido clasificado en círculos diplomáticos y políticos como “el gobernante con el dedo en el gatillo”.

Lo incuestionable es que el problema de la corrupción es un fenómeno mundial que no solamente se constriñe a la falta de honradez en el manejo de los recursos públicos. Corrupción es también engañar, mentir, distorsionar, evadir responsabilidades, particularmente desde el poder; señalar culpables a diestra y siniestra y abdicar de la obligación de castigar faltas como lo señala la ley. Es incumplirle al pueblo agraviado. Señalar culpables sin sancionar malas conductas solamente hace crecer la impunidad.

Es relevante el hecho de que la corrupción sigue agazapada en todos los estratos de la vida nacional. Se incubó hace décadas, siglos quizás. Por eso es necesario combatirla de frente, sin regodearse en las culpas del pasado. Actuar de frente evita tropiezos, confrontaciones inútiles, desgastes innecesarios.

Sin perder de vista y sin minimizar la importancia que tiene ser eficaz en el servicio público, en beneficio de un pueblo cuyo único asidero ha sido y sigue siendo, desde hace mucho tiempo, la esperanza y nada más que la esperanza. Sin políticas públicas, sin talento y eficacia, la honradez suele naufragar.

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