El rostro negado

Debemos entender las individualidades de los distintos Méxicos para tener un sentido real de multiculturalismo.
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Elizabeth Morales Lozano Secretaria Nacional de Comunicación de Jóvenes en Movimiento

Elizabeth Morales Lozano

Secretaria Nacional de Comunicación de Jóvenes en Movimiento

Es necesario que la realidad de nuestros pueblos indígenas se transforme a partir de su propia potencialidad

No es un secreto que en México y América Latina han aniquilado y ultrajado a muchas comunidades indígenas, y al decir “aniquilado” me refiero desde sus costumbres y tradiciones, hasta actos genocidas. Y no sólo eso: además, les han arrebatado sus tierras para convertirlas en propiedad privada. Casos como la matanza de Atenco y el movimiento EZLN han marcado el rumbo de la política en nuestro país y han obligado a que el indigenismo sea visibilizado.

Esto no es un tema reciente: inicia desde el viaje de Cristóbal Colón en 1492, en el cual pretende llegar a la India, pero en realidad arriba a América. Tal como lo señala Rodolfo Stavenhagen en la recopilación de ensayos Los pueblos originarios: El debate necesario, el “descubrimiento” es una concepción equivocada. En realidad nunca hubo un descubrimiento, más bien existió un desconocimiento y encubrimiento de la realidad del otro al imponer la concepción de su cultura y al tratar de expandir la “sociedad civilizada” sobre la “no civilizada”.

Desde hace más de 500 años tenemos este problema de comunicación. Los pueblos indígenas se convirtieron en un obstáculo al considerarlos como un símbolo de atraso para el México contemporáneo con miras al desarrollo económico y con enfoque modernizador.

A partir de lo anterior existe un hecho innegable: las y los mexicanos nos hemos rehusado a entender y rescatar nuestras raíces, más allá de eso, las hemos negado. Al no reconocer la vinculación histórica que tenemos con los pueblos indígenas hemos marcado una línea divisoria entre “ellos” y nosotros”, los desconocemos; por lo tanto, los negamos y renunciamos a nuestro pasado. Nos hemos esforzado tanto en construir una imagen homogeneizada, que nos estamos olvidando de las particularidades que expresan el carácter individual de cada cultura.

Ahora bien, empecemos por entender que México tiene muchos Méxicos. Existe el México pobre/campesino; México mestizo; México indígena; México clase media y clase trabajadora; y el México de la clase privilegiada. Lo que nos está destruyendo como nación es que no hemos sido capaces de reconocer las individualidades de estos Méxicos para poder correlacionarnos y tener un sentido real de multiculturalismo. Mientras esto siga siendo así, jamás podremos avanzar socialmente.

Considerando que México tiene la población indígena más numerosa de América Latina (15% de la población total), es preciso reconocer que somos un país heterogéneo y plural.

Desde el proceso de colonización hemos agredido la lucha de cada pueblo por seguir siendo ellos mismos y hemos impedido que sean los protagonistas de su propia historia. En nuestro fallido intento de ser incluyentes dañamos la identidad colectiva que define a nuestros pueblos indígenas y parece que aún estamos lejos de entender su cosmovisión.

La solución nunca será imponer formas de organización occidentales, pretender que somos su voz sin tomarlos realmente en cuenta, ni mucho menos creyendo que al concederles una presencia simbólica en congresos internacionales estamos contribuyendo a mejorar su situación socio-económica cuando claramente está muy deteriorada.

México tiene la población indígena más numerosa de América Latina (15% de la población total)

Es tiempo de redefinir las relaciones entre los pueblos indígenas y los estados nacionales y de construir los cimientos de una sociedad intercultural, una que más allá de convivir, genere un espacio en el cual, a pesar de nuestras individualidades y diferencias, sea posible correlacionarnos. Entender en vez de imponer.

Hay que empezar a romper mitos y dejar de repetir el tan sonado discurso que asegura que “todos somos iguales”, porque nuestra historia y la realidad demuestran que eso es totalmente falso. Mejor hay que empezar a hablar y a exigir más equidad y derechos humanos partiendo de la premisa de que los indígenas también son ciudadanos.

Está comprobado que los países latinoamericanos con modelos comunitarios son los más amables con los derechos humanos, de ahí han surgido nuevas alternativas plurales e incluyentes en donde están involucrados diferentes grupos indígenas. Además, recordemos que el desarrollo no siempre va de la mano con los derechos humanos. Valdría la pena preguntarnos: ¿qué costo social/económico/cultural/ambiental estamos dispuestos a pagar por el supuesto desarrollo?

Tenemos que construir partiendo de nuestras raíces y diferencias, no a través de una realidad inexistente. Hablemos de alianzas, de modelos que promuevan la cooperación internacional, de una participación política real de las comunidades indígenas, de respetar los derechos humanos y las libertades fundamentales, de potencializar lo que ya tenemos, de mirar más al sur.

Es indispensable que empecemos a entender el otro lado de la historia, el mismo en el cual están los pueblos que han vivido la violencia cotidiana, el desprecio y la exclusión; los pueblos a los que se ha tratado de someter a un proyecto de civilización que ni es el suyo, ni los admite.

Debemos ser lo suficientemente empáticos para entender que no hemos venido aquí a enseñar a otros, sino a aprender de otros. Hay que replantear nuestras preguntas del México de hoy y del que deseamos construir. Simplemente ya no podemos seguir cerrando los ojos, no podemos seguir intentando sustituir una realidad en vez de crear las condiciones para que la realidad de nuestros pueblos indígenas se transforme a partir de su propia potencialidad.

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